Una Peligrosa Palabra

 In Blog, Serie Primera de Pedro

 

Imaginemos la escena: Es un día despejado en el lago. Dos hermanos están pescando y la pesca es buena. Ya saben que van a tener un buen día y les emociona pensar en la cantidad de pescados que tendrán al finalizar el día. Escuchan que alguien les habla desde la orilla. Se cubren los ojos del sol e inclinan la cabeza para escuchar. Pueden distinguir a lo lejos una palabra que cambiará el resto de sus vidas, una palabra que seguramente en algún momento de los meses siguientes se cuestionarán el por qué la escucharon, una palabra que retumbaría a través de la historia:

Sígueme

Permítanme decirles que esta palabra en la boca de Jesús era extremadamente peligrosa. Esta palabra tenía implicaciones extremas para las vidas de los discípulos. Para aquel grupo de pescadores la llamada a ‘Seguirle’ implicaba, no la invitación a una aventura planificada, sino era una llamada a dejar lo cierto por lo incierto, la seguridad por el peligro y el cuidar de sí mismos por la renuncia propia. Qué tal si recibieras una invitación a montarte en el mismo bote de aquel día. ¿Cómo crees que habrías respondido?

Si eres como muchos de los seguidores de Jesús, creo que debiéramos hacer un alto en el camino y considerar si hemos estado comenzando a redefinir el cristianismo con todas sus implicaciones. Definitivamente, el llamado a dejarlo todo para seguirle a Él no resulta agradable a nuestra generación, sin embargo, el llamado sigue siendo el mismo de antaño. El desafío sigue siendo el mismo: renunciar a todo lo que tenemos para seguir a Jesús.

Ciertamente resulta muy tentador racionalizar las exigentes enseñanzas de Jesús y buscar interpretaciones que aquieten nuestra conciencia. Pero permíteme decir, aunque es verdad que Jesús no exigió, ni exige, que todo el mundo abandone a su padre, ni su trabajo para seguirle, en cambio Él sí exige una obediencia y compromiso absolutos. Es precisamente cuando se pretende evadir esta verdad, donde se muestra la tentación egoísta de suavizar el compromiso, reduciéndolo a un sacrificio teórico y a una entrega engañosa.

Queremos seguir a un Jesús que no exige nada de nosotros.

Siendo un tanto honestos, debemos reconocer que una contínua lucha personal es la pretención de redefinir el cristianismo. Hemos cedido a la peligrosa tentación de tomar al Jesús de la Biblia y convertirlo en una versión de Jesús con la que nos sentimos más cómodos. Un Jesús que acepta nuestro materialismo, uno que no tiene problemas con nuestro humanismo y se complace con un tipo de fe que se conforma con asistir de vez en cuando a la iglesia, pero sin un verdadero compromiso en la vida. Se ha tenido el atrevimiento de crear un Cristo hecho a “nuestra imagen y conforme a nuestra semejanza”. Se ha sucumbido al engaño de inventar un cristianismo donde nos auto inventamos un Jesús que está a nuestro servicio, sujeto a nuestros deseos y dependiente de nuestras agendas.

Pero, si las palabras de Jesucristo recogidas en los evangelios son ciertas, si esa peligrosa y subversiva palabra, Sígueme, en labios de Jesús quiere decir lo que quiso decir; creo entonces que estamos en problemas. Creo que debiéramos reevaluar qué tipo de discipulado hemos abrazado; creo que debemos mirar a nuestro interior, disipar la neblina del autoengaño, echar a un lado los lamentos de la autocompasión, silenciar las voces del egoísmo y hemos de responder entonces si le estamos siguiendo a Él, o si le hemos “ordenado” a Él seguirnos a nosotros.

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